24 febrero, 2014

Mi crimen de las 6:40



Ella era hermosa, hermosa con esa hermosura
que inspira el vértigo, hermosa con esa
hermosura que no se parece en nada a la que
soñamos en los ángeles y que, sin embargo, es
sobrenatural; hermosura diabólica, que tal vez
presta el demonio a algunos seres para hacerlos
sus instrumentos en la tierra.
El la amaba; la amaba con ese amor que no
conoce freno ni límite; la amaba con ese amor
en que se busca un goce y sólo se encuentran
martirios, amor que se asemeja a la felicidad y
que, no obstante, diríase que lo infunde el cielo
para la expiación de una culpa.
Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante,
como todas las mujeres del mundo; él,
supersticioso, supersticioso y valiente, como
todos los hombres de su época.

-Bécquer.