17 diciembre, 2012

El día que comienza el infinito.

Imaginé que era la única en las praderas paradisíacas de tu mente, que solamente estaba inundada de mi color.
Te guardo con recelo en los cajones de mis sueños.
Cuando la luna danza en el cielo, nada puede detenerte, las estrellas comienzan a rodearte
hasta hacerte volar por los infinitos palacios de mis pensamientos.
Y siempre sentada en las aguas inconclusas de la espera, aguardaré y me vestiré para cada momento.

Ilusamente sigo resplandeciendo en tu recuerdo, viviendo en el sentir del ayer, creyendo que aún soy habitante de tu cosmos mental.
Flores celestes, cremas del cielo.
Finos hilos que buscan remendar los agujeros negros de la memoria.
Los campos verdes me avasallan y me arremeden a tus labios, al deseo de volver a reposar en tus dientes platinados.
Cítricos vientos me hacen soñar, pero no son más que fotografías invisibles de un presente que no es terrenal.
 
El olor a invierno.
Tus suaves manos frías y tu respiración son el abrigo que necesito.
Me estás congelando, visitante nocturno.

Mil páginas de gatos galácticos no alcanzan para pensarte.
Tienes a mi subconsciente de tu lado.