08 febrero, 2009

El amor...un deseo que no se puede reprimir


El amor…un deseo que no se puede reprimir, una necesidad humana, una cosa que se siente profundamente en el alma, en las entrañas en el corazón, en la vida pero que no es un sentimiento, que no es algo con explicación razonable.


El amor...¿Y tú ya amaste?


Y como dice calamaro: ¿Pero de qué hablamos cuando hablamos del amor?

Por lo demás el tema del amor es como una hidra de muchas cabezas: el amor maternal, el amor filial, el amor fraterno, la amistad, el amor de pareja, el narcisismo, etc. No en vano dice Lou Reed que “existen varias clases de amor pero ninguna es mejor que la otra”. Y es asumiendo ese dictum, que le hincaremos el diente al amor de pareja, que, por otra parte, es el que ha suscitado mayor fascinación y desconcierto en la historia de Occidente. Porque es la clase de amor q nos subyuga y enloquece, que nos hace felices y nos destruye, aquella clase de amor cuyo magnetismo parece irresistible para el ser humano.


Tanto que como señala Hanif Kureishi en su novela INTIMIDAD, “uno se siente obligado a buscarlo sin pausa, como si fuese la única razón por la que mereciese la pena vivir”. De ahí que el amor sea un nudo de contradicciones en el que todo termina por concentrarse todo el sufrimiento y toda la alegría. Este carácter contradictorio del amor ha sido señalado por quienes han reflexionado sobre el tema desde la antigüedad, ya platón afirmaba que lo que define a Eros es el deseo. Y el deseo es el anhelo por lo que no tengo, por lo que me falta. Estar vivo, ser capaz de amar, implica, pues, aspirar a un objeto que, como señala Esther Díaz, parece satisfacerme, en un fugaz y entrañable instante, pero que huye nuevamente de mi posesión.
Ahora bien, hablar de amor-al menos dentro de los límites de este artículo-supone hablar de una relación en donde existe reprocidad entre las partes.
En efecto el amor suele ser entendido como una atracción sentimental involuntaria, exclusiva y excluyente hacia una persona cuyo deseo buscamos libremente.
El amante busca ser deseado: ése y no otro es su objetivo último.
Como afirma Octavio Paz en LA LLAMA DOBLE, el afán de todos los enamorados ha sido siempre buscar “el reconocimiento de la persona querida”. Cuando esa reprocidad se produce se puede hablar de un amor compartido, ese amor que como dice el protagonista de la novela LA BOSIBILIDAD DE UNA ISLA de Michel Houllebecq, es el único que vale la pena, el único que de verdad puede llevarnos a un orden de percepción diferente, donde la individualidad se resquebraja, donde las condiciones del mundo se modifican y su continuación se revela legítima.
Reprocidad que, sin embargo, no implica, a priori, simetría o equilibrio.

En este sentido, toda relación amorosa es una relación de fuerzas en la que encontrar la distancia adecuada -ni tan cerca, ni tan lejos- para que la llama se mantenga viva sin que te aplasten o te abandonen, es un trabajo que suele ser desgastante, además de improbable.
De ahí que, para lograr esa intensidad vivificante que es propia del amor compartido, haya que pagar un alto precio: la pérdida de la independencia, del sentido de individuación, que da paso a una relación simbiótica, donde reina la enajenación, la despersonalización, la locura.
Porque ese “reconocimiento” del que habla Paz es, como el mismo dice, confesión de dependencia, subordinación o vasallaje respecto al otro.
“La paradoja reside en que este reconocimiento es voluntario: es un acto libre”
En ese estado de (con)fusión, es esa especie de sentimiento oceánico en el que los amantes se ven sumergidos, nada peor que ser el polo vulnerable, débil de la relación porque, como sugiere Houllebecq en la obra citada, se acaba siendo “oprimido, torturado y finalmente muerto a manos del otro, que, por su parte, oprime, tortura y mata sin intención de hacer daño, sin sentir placer alguno por ello, con una total indiferencia”.

En tal sentido, el amor, es ciertamente, “la peor de las guerras” (Jorge Madueño), una guerra que, por lo demás, tiene en el sexo uno de sus principales campos de batalla.
A tal punto que no resulta descabellado afirmar, con Houllebecq, que “no hay relación depurada, unión superior de las almas ni nada por el estilo. Cuando el amor físico desaparece, una irritación taciturna, sin profundidad, viene a llenar la sucesión de los días”.
Desde esta perspectiva, que puede parecer pesimista y sombría, estar enamorado significa involucrarse en una experiencia que “no paga”, porque te vuelve vulnerable-en una época donde la debilidad emocional es vista como anacrónica y disfuncional-, y te pone a merced del otro. Pero esto solo puede ocurrir allí donde Eros desprovisto de toda trascendencia e inclusive del trágico lirismo del romanticismo, se ha condensado y petrificado en la subjetividad o, para decirlo de otro modo, en el ámbito privado de una relación de pareja humana encerrada en su dualidad domestica. En tal caso, como señala Esther “Eros termina agotado, no solo en el amor de pareja posesivo, también en cualquier otro tipo de adicción u obsesión, tal como el trabajo, la comida, la bebida o la droga”.


Y ella nos pone de cara a lo que ocurre en nuestro tiempo. Una época crepuscular en la que, como dice Octavio Paz, el amor “amenaza con disolverse”. Son los tiempos de la sociedad de consumo, de los mass media y del mercado libre donde se puede “curiosear y comprar, mirar y elegir, alquilar y rechazar, a tu gusto. No hay seguridad ni social ni sexual; cada cual tiene que cuidar se sí mismo o no hacerlo. La satisfacción, la expresión de la propia personalidad y la ‘creatividad’ son los únicos valores existentes” (Kureishi)
El amor se ha vuelto, pues, tan descartable como cualquier otro objeto de consumo y ha dejado de ser un valor prioritario para la toma de decisiones de la gente, y especialmente, de los jóvenes. De ahí la separación cada vez más tajante entre el sexo y amor.
El primero es divertimento placentero que no lleva consigo un compromiso sentimental. El amor, en cambio, es visto cada vez más como una carga, una prisión, como una experiencia que restringe seriamente nuestra libertad para vivir y, sobe todo, para gozar. Como señala paz: los enemigos del amor “no son los antiguos, la Iglesia y la moral de la abstinencia sino la promiscuidad, que lo transforma en pasatiempo, y el dinero, que lo convierte en servidumbre”. Pero ¿no es esa una condición irreversible en nuestro tiempo? Y si es así, ¿no será que estamos frente a un nuevo paradigma del amor?

Y es que, como se ha dicho hasta el cansancio, vivimos en tiempos de precariedad, de incertidumbre, en los que caminamos sobre superficies muy frágiles que apenas nos sostiene y que puede desfondarse en cualquier momento. Entonces sobreviene la caída y más vale estar preparado para ella. “cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada” dice Charly García. Y no le falta razón. Como tampoco le falta al sociólogo Zygmunt Barman cuando dice que ser (pos) moderno implica aprender a deshacernos de aquello que -imprescindible, ayer- se ha vuelto ahora inútil. Lo cual. En el plano del amor, significa, según Bauman, que en la actualidad el principal problema no consiste en como iniciar una relación sino en cómo terminarla, en tanto que asumimos no solo que el amor no es para toda la vida sino que puede convertirse es una carga de la que es mejor estar libre.

No es sorprendente, entonces que las explicaciones científicas encuentren tanta acogida en la actualidad. Para muestra un botón: según el doctor John Mariden, un especialista en adicciones, “lo que llamamos enamorarse o estar enamorado se reduce a una excreción de oxitocina”, una sustancia química que nos permite disfrutar intensamente el sexo. Si hay atracción física, el cerebro libera un cóctel químico que activa la dopamina haciéndonos sentir felices y enamorados. De ser esto cierto, toda la connotación espiritual que le ha atribuido al amor a lo largo de mas de 20 siglos quedaría invalidada y nuestra vida “amorosa” se vería reducida a una serie de movimientos sinápticos y neuronales.

La descripción de marsden puede parecer excesivamente materialista para quienes todavía ven el amor como un sentimiento sublime o una expresión del “espíritu”. Pero, en realidad, no es otra cosa que el desenlace de un proceso de desacralización, una atrofia de esa aura que durante siglos ha tenido el amor.
Desprovisto de esa aura, el amor parece perder significación y desvanecerse en una multitud de instantes inconexos pero todavía emocionalmente poderosos. Instantes en que el tiempo se distiende y se alarga con una duración indeterminada. Pero, instantes, al fin y al cabo.
Como esos que describe magistralmente Kureishi al final de su novela INTIMIDAD


“Caminábamos juntos, cada uno abstraído en sus pensamientos. Olvidé donde
estábamos e incluso que hora era. Tú te acercaste, me acariciaste el pelo y me
cogiste la mano; sé que me cogías la mano y que me hablabas en voz baja. De
pronto tuve la sensación de que era perfecto, que no se podía añadir nada a
aquella felicidad o satisfacción. Era todo lo que había y todo lo que podía
haber. Lo mejor de todo se había condensado en ese instante. Y no podía ser otra
cosa que amor”.